El QUINCE

Desde hace muchos años, el quince de septiembre tiene un sabor amargo. Aún antes de dejar mi tierra, en ese día conviven en mí sensaciones distintas: orgullo, rabia y alegría. 

Y cada quince de septiembre desde hace cinco años tengo ganas de llorar. Es como mi día de la marmota versión jamaiconeo intenso. Este día repaso detalle a detalle ese último quince de septiembre en México. El olor de la cocina mientras mi mamá me preparaba mis últimos chiles en nogada y pozole. El estrés. El hueco en el estómago. Una maleta a medio hacer. Las caricias a mis gatas. La visita de mis amigos, las cosas que me contaron. Una llamada histérica a la aerolínea. Las risas de mis sobrinas tan niñas aún. Abrazar a mi papá. Haciendo un balance  Me quedo con lo que dicen varios mexicanos respecto a la polémica de si festejar o no este día:  celebra lo que significa para ti, lo que te hace sentir orgulloso de tu país. Tu familia, tu niñez, los amigos, las fiestas, la comida, la alegría, la cultura, hasta las groserías. Este día es precisamente un reclamo al mal gobierno, no una pleitesía para el mismo.

Hay varios días difíciles en la vida de un migrante: cuando se enferma la primera vez estando solo en el nuevo país, su cumpleaños, los cumpleaños de algunos seres queridos. Obviamente la Navidad. El otro es el quince de septiembre. En París se organizaron varios eventos este año afortunadamente. En 2015 tuvimos que conformarnos por segundo año consecutivo con cenar en casa algo mexicano nada más.  Pero como la comunidad mexicana cada día es más numerosa, la oferta para el día logró diversificarse. Anoche pudimos asistir al grito independiente, una celebración nueva y distinta a la tradicional que se hace desde hace veinte años y cuenta con la presencia del embajador. Bajo las presentes circunstancias me es imposible imaginar ir a aplaudirle a un representante del gobierno mexicano. La cita fue en Montreuil, en un bar de conciertos de los suburbios parisinos. Tocaron varios grupos y todos expresaron la tristeza por la situación actual. A pesar de ver a la banda bien animada y bailadora, la rabia se lograba percibir. Las miradas complices entre migrantes que al reconocerse se sonríen y al mismo tiempo se dicen “te entiendo, también extraño”.

Vivir en el extranjero significa para muchos volverse cashi sin querer, muy patrióticos. Por lo general no tenemos banderas de nuestro país colgadas en la casa pero al emigrar no resulta una decoración extraña. Creía erróneamente que cuando vives lejos, lo que sucede en tu terruño te afecta o importa menos. Irte sería una forma de liberación… y pues tampoco. No he experimentado rabia y dolor más profundos por algo que pasa en México que viviendo fuera de él. La distancia lo recrudece todo porque te vuelve impotente. Anoche alguien decía que somos embajadores de nuestro país, y tiene razón. El migrante se convertirá en la referencia de su país para todo aquel que lo conozca en su nuevo hogar. Pero también es alguien cuyas tragedias nacionales lo harán sentir aún más distinto de la gente a su alrededor, ajena por completo a las noticias de su país. 

Emigrar a veces es peor que trabajar en un lugar que no te gusta pero que te conviene o no te queda de otra. De ese trabajo al menos regresas a casa todos los días.