En tiempos terribles, la esperanza.

Faltan un par de horas para un día inolvidable. Aún recuerdo el frío de esa mañana y lo felices que íbamos los cuatro en el auto, mis papás, mi hermana Fabiola y yo. Nos dirigíamos a un hospital en la Roma donde mi hermana y su esposo tenían la cita de sus vidas. Eran tan temprano que aún no había muchos coches en aquellas calles defeñas que recién estrenaban milenio, la bruma de la madrugada comenzaba a dispersarse como las esperanzas de un siglo mejor. 

Eran días aciagos, como ahora. Algo que había pasado en Estados Unidos nos había conmocionado no hace mucho. Una guerra parecía vislumbrarse, crisis económica, inestabilidad, un miedo a lo que resultaba extraño. El ambiente era más que pesimista. Aunque era muy joven en las pláticas con amigos de la universidad, los comentarios que escucha en el transporte público, las conversaciones con adultos, había una especie de lástima hacia las futuras generaciones. Un lamento por el mundo complicado que les heredábamos, un cuestionamiento a si debíamos continuar con la especie si todo ya estaba tan mal, tan podrido. 

Pero nosotros teníamos ya a una personita en camino, ni cómo echarse pa' atrás. Ese día nos estrenábamos todos: padres, abuelos y tías primerizos. Aquel jueves veintidós de noviembre nació mi sobrina Ana. Un bulto cachetón, rojizo, con mucho pelo y unos ojos enormes. Me enamoré a primera vista por primera vez. Entre la alegría familiar y las felicitaciones, ya no tuvimos cabeza para preocuparnos por situaciones fuera de nuestro control. Esa bebita concentró nuestra alegría. A partir del día que nació mi negatividad decreció mucho. Yo sé que es un lugar mega común decir que un bebé te trae esperanza ¡pero joder,  es verdad! (miedo también, pero es mucho más la buena onda). Deseaba tanto que el mundo en el que ella viviera fuera mejor que me forcé a no quedarme sumida en el lado triste de las historias. La sostuve en brazos cuando Bush anunciaba que invadiría Afganistán, me daba topes y estallaba en carcajadas mientras yo prefería reírme con ella que ponerme a llorar. Le enseñé a hablar y caminar, pero mi sobrinita me mostró cómo reír de las cosas simples, cómo ser feliz con poco. Tener un bebé en la familia no sólo cambió los horarios y dinámicas. Sacudió todos los ánimos, movió montañas. Para tener ganas de mejorar las cosas, ayuda tener para quien mejorarlas. Hoy yo sé que sin ella, y a la postre sin su hermana y su prima, mis veintes hubieran sido un lugar -aún más- terrible. Es más, mi familia sería muy distinta sin esos tres bebés que llegaron para agrandarla, seríamos un grupo de adultos tristes y pesimistas. Un poco peor a como éramos antes de que existieran. 

Tal vez sí, somos horribles como especie. Sí, el planeta es un infierno que a veces creo insostenible. Pero ya estamos aquí y si tenemos suerte, viviremos algunas décadas más. Necesitamos creer que el mundo puede ser mejor, aunque no sea cierto. Sin eso, disfrutar la vida resulta complicado. Ana me lo ha recordado cada vez que pierdo la fe en la humanidad, que es algo bien seguido. Esa niña me ha salvado muchas veces sin que lo sepa.  Gobiernos van, son robados, son impuestos; los imperios caen, dictadores se levantan y décadas después se desmoronan, gobiernos vienen, hay bonanzas económicas que prometen juegos olímpicos y mundiales pero que se evaporan en menos de una década, crisis que destrozan a una nación por lustros. Todo eso pasa mientras vivimos, forma parte de nuestra existencia pero no la define, lo sustancial son las personas que conforman tu vida, porque es por ellas que te opondrás a todo lo anterior, son los demás quienes te hacen despreciar las injusticias. No es que nos valga madres el mundo, es que para pelear se necesitan motivos, energía, vitalidad. Porque del cinismo y la desilusión no sacamos victorias. 

Por eso celebro que personas como Ana existan. Ella es fuerte, tenaz, valiente. Es optimista y feliz, pero no por ello menos exigente o combativa. Es mi ejemplo a seguir cuando debería ser al revés, estoy segura que es el tipo de persona que dejará el mundo mejor de cómo lo encontró. No sé si ella es así porque nació en medio de días complicados, y me resulta curioso que cumpla quince justo en estos tiempos.  Aún no platico con ella para preguntarle cómo se ve desde la adolescencia mexicana el retroceso de más de medio siglo de humanidad que presenciamos hace dos semanas. 

Feliz cumpleaños, niña mía, sigue siendo la alegría de este mundo hostil. Necesitamos más gente como tú, hoy más que nunca.