AMOR ANIMAL

El paraíso jamás será paraíso a no ser que mis gatos estén ahí esperándome.
— Anónimo

No recuerdo cuando fue la primera vez que sentí fascinación por los gatos, pero seguro fue a una edad temprana. Tal vez porque una de mis tías tenía uno y cada vez que íbamos de visita mi hermana pasaba largas horas acariciándolo. Toda mi niñez quise tener uno. Ese deseo se cumplió durante escasos dos meses cuando tuvimos en casa a una hermosa gatita cruzada de siamés. Mi madre no nos dejó conservarla, y se la llevaron (para no decir que irresponsablemente le aventamos el "problema") a casa de mis abuelos en Guerrero. Mi madre argumentó, y lo hace hasta la fecha, que los animales son muy sucios y no es posible tenerlos en departamentos de talla reducida.  En lo segundo estoy de acuerdo, salvo que para mi madre ni un departamento de 120 metros cuadrados sería suficientemente grande para compartirlo con un animal. Y lo primero, es la diferencia más importante que tengo con ella: su obsesión por la limpieza. 

Cuando por fin nos mudamos a una casa propia y grandota, no tardé ni tres días en llevarla. La había adoptado por casualidad una semana antes cuando la andaban regalando, diciendo que nadie la quería por ser gatita en lugar de un gato macho, ¡nomás eso me faltaba! Era la última de su camada y la más combativa pues al ser la más pequeña tenía que batallar mucho con sus hermanos para poder comer. Sobrevivió aunque el dueño de su madre se había deshecho de las crías en un parque cercano y la mamá gata los había traído de regreso uno a uno. Nomás de verla supe que era mía. No tenía ni un mes y venía en una cajita de zapatos.

Esa gatita fue mi compañera por más de trece años, vivió más de quince. Le enseñé a comer, donde estaba su arenero, le di un hogar. Las veces que atravesé por depresiones, era ella quien estaba conmigo cuando los humanos a mi alrededor se cansaban de no entender mi tristeza, de no poder solucionarla. Detestaba que llorara. Se acercaba a mi cara y me daba golpecitos tiernos con su pata delantera para luego acurrucarse en mi regazo y lamer mis manos. La vi tener una "vida sentimental" mejor que la mía antes de cumplir un año de edad. No se escondió ni buscó la soledad cuando parió a sus crías, quería que yo estuviera con ella. Me dejó cargarlas y jugar con ellas siempre. Mi gata me salvó de muchas formas, la mejor y más maravillosa terapia acariciable. 

Podría decirse que su cariño era interesado pero en ese caso lo era el de ambas. Las dos recibíamos algo a cambio de nuestra compañía. Ella comida y cariños, yo arrumacos y ronrroneos. Creo que nunca nos referimos a ella ni la tratamos como un animal. Era parte de la familia. Interpreto como amor el hecho de que sólo dejaba que yo la cargara. A mi partida sólo se lo permitía a mi papá. Él se convirtió en su nuevo compañero/cuidador a pesar de que siempre le había demostrado mucho respeto y obediencia. Sé de muy pocas personas que han podido llevarse a su mascota al emigrar. En parte creo que se debe a que hay viajes demasiado largos y que la residencia aún es incierta. Envidio a quienes lo han hecho, al menos no tendría esta culpa. No he conocido a otro extranjero que haya dejado a su mascota en el país de origen y no platique de ella y enseñe una foto cuando hablamos sobre eso. La mayoría venían por estudios y al final la vida, como a mí, les cambió los planes. 

Cathy empezó a estar enferma un año después de irme pero con los cuidados y paciencia de mi papá vivió otros dos bastante bien. Me reprocho aún haberla dejado, abandonado. Otro acto de irresponsabilidad. ¿Pero cómo iba a traerme a una gata tan adulta, subirla a un avión doce horas, peregrinar con ella dos meses hasta encontrar un cuarto, confinarla a quince metros cuadrados, negarle el sol y el espacio por casi tres años? Hubo meses que apenas tenía para mi propia comida. ni cómo pagar la suya o la arena. A un animal no puedes explicarle que te vas pero que volverás cada año para navidad. Un animal no entiende que le hablas por skype, que lo extrañas, que te duele. Porque sí sufren. Cathy me respondía cuando le llamaba, comenzaba a restregarse por todos los muebles cuando oía mi voz desde el ipad. Y no era por comida o que quisiera caricias. 

Exactamente hace un año que Cathy falleció luego de dos días de agonía. Yo sufría con ella porque me atormentaba que la criatura no sabía que iba a morir, que la muerte existe. Al menos en términos de razón humanos. Despedir a tu mascota es extremadamente doloroso porque es un ser pequeño que es tu responsabilidad. Que viste nacer, crecer, que cuidabas todos los días, que dependió de ti. Una mascota es como un eterno bebé de dos años al que sí puedes dejar solo. Te babea, muerde, puede ser torpe y ágil, presumes sus gracias ante los demás. Por eso bromeamos que son nuestros "hijos" (porque para todos los dueños de animales está bien claro que los perros y gatos no son nuestra descendencia ¿verdad? ¿VERDAD?). La muerte de una mascota duele de una forma diferente porque es bastante incomprendida. Pareciera que no se está permitido sufrir demasiado porque resulta raro para muchas personas. No hay licencia en el trabajo, no te vistes de negro, el duelo no está autorizado por mucho tiempo aunque cada rincón de tu casa y durante toda tu jornada es la ausencia del animal quien te persigue. Cuando fui a México en octubre volví a pasar un poco por el duelo, ver su casita vacía, a la otra gata que aún tenemos, su hija, más delgada y con aire deprimido (porque sí, los gatos se deprimen: duermen mucho, no juegan, no te piden de comer con entusiasmo, es bastante más parecido a cuando están enfermos). La muerte de Cathy trajo una preocupación que a veces olvido: lo terrible que es estar lejos y temer que algo malo pase en casa. Me tomó varios días dejar de llorarle y durante muchas semanas no podía ver sus fotos. Al menos la distancia me ayudó a no extrañarla. Las únicas personas que parecían entenderme durante ese tiempo justamente son o fueron dueños de un animal. Los amantes de los animales somos legión.

Me he preguntado varias veces ¿por qué tenemos mascotas? ¿por qué los queremos tanto? Los humanos somos los únicos animales que adoptamos a otro. He leído una teoría que habla de que los tenemos porque deseamos compañía humana, por eso intentamos humanizarlos al ponerles nombres, darles juguetes, analizar sus personalidades, porque buscamos al amigo, al hijo, el cariño que no nos da otra persona. Pero yo creo que es al revés. Quienes hemos adoptado y amado a un animal tenemos a alguien que nos recuerda cosas básicas y que a veces es bueno no preocuparse por banalidades, que está bien sentirse feliz con juegos, salir a pasear, echarse al sol, comer, dormir en un lugar calientito. Que existe lo incondicional y es sencillo. Que somos otros pasajeros en la tierra.